Amarré mis zapatillas y volví a las calles…

El miércoles pasado fue la primera marcha convocada por la Confech, la emoción y los recuerdos nos mantuvieron al tope, pero ahí estábamos nuevamente en las calles para exigir educación gratuita y de calidad. Mientras caminábamos recuerdos del 2011 se me vinieron a la mente; recordé cuantas veces caminé por esas calles llevando carteles, cuanta frustración sentí, cuánto miedo tuve, cuantas risas escuché y compartí con mis compañeros.

Para esta marcha mi objetivo fue hacerme famosa, por lo que sostuve todo el trayecto un cartel, mi consigna “Antes huacha que facha” y al parecer lo conseguí, muchas personas me sacaron fotos. Luego olvidé mi norte, porque comenzaron los gritos, las consignas, el apretón de la garganta cuando gritaba “se defiende”; la rabia e impotencia de ver a las tortugas de verde parados con unas sonrisas de mierda, sabiendo lo que iba a pasar después, como queriendo decir: sigan gritando después los callaremos a lumasos. 

Volví a experimentar esa sensación horrible que recorre tu cuerpo cuando ves delante de ti la injusticia, no sabes realmente que hacer, si ponerte a llorar ahí mismo o pescar una metralleta y matar a todos.  Mientras caminaba por el nuevo recorrido de las marchas porteñas, iba pensando  en el futuro, lejano y a veces utópico momento en que nos digan: está bien, tienen educación gratuita, para cada uno de ustedes, para sus hijos, para sus sobrinos, nietos y las futuras generaciones. El 2011 soñé con ese momento, más de una vez, pero nunca he podido darle a ese momento una sensación.

A los primeros disturbios comencé a acercarme a los encapuchados con mi rostro descubierto, mis ojos picaban, la lacrimógena empezaba a hacer efecto;  no solo el físico, también el social: comenzaba a dispersar a las personas; daba el vamos a la persecución pacos-estudiantes. Cuando llegué a la primera fila, vi una camioneta roja, el único vehículo estacionado en esa calle y en la siguiente y en la siguiente. Sospechosamente estaba sin el freno de mano, por lo que fue fácil moverla para bloquear el paso del guanaco. 

Comencé a correr y perdí a mi grupo, entre la pequeña masa escuchaba los insultos y a los típicos personajes que decían “cabros no corran” siendo que un piquete nos perseguía. Cuando el agua comenzó a elevarse para ganar distancia me refugié tras un auto, la adrenalina me tenía poseída,  mi pecho subía y bajaba desenfrenadamente en busca de aliento. Esa agua sucia me mojó, la lacrimógena me cegó, el dolor, el ardor no me dejaban respirar. Volvimos a lo mismo, la violencia siempre por delante. Creo que nunca fuimos más primitivos que ahora.

No apoyo a los encapuchados, creo que si somos valientes como para luchar por la educación e insultar a las autoridades, lo podemos hacer mostrando la cara. Tampoco apoyo la destrucción de las cosas como medio de protesta, pero la primera vez que tiré una piedra sentí Libertad. Exacto libertad, vi como la furia que tenia se canalizó y una paz me envolvió. Fue lo más extraño del mundo. 

Creo que la mejor forma de conseguir la educación que deseamos, es a través de esta misma, educando cívicamente a las personas. En su momento apoyé el plebiscito y hoy  lo sigo apoyando, la mejor política es que el pueblo decida. Si se pudiera hacer un gobierno asambleísta creo que lograríamos muchas cosas en materias publicas, pero entiendo que no se puede, son más los factores en contra que los a favor y la anarquía sería para muchos un peligro al acecho. 

No sé que tanto se logra en las marchas, al principio es para dar a conocer el conflicto y eso se vio el otoño pasado, pero hoy, por lo menos en Valparaíso, en donde se nos dio un trayecto para mi irrisorio, escondidos por una calle poco transitada en donde las personas no se involucran con la lucha, que ya no es nuestra lucha, es la de un pueblo literalmente CHATO, cansado de los abusos, de los golpes y de la injusticia; las protestas generan más caos y quizás rechazo por parte del pueblo.

Muchos no saben por que protestan, yo protesto porque quiero un país mejor, quiero que se me respete por ser Soto, Pérez o Pichihueche. Por ser  morena, de metro cincuenta. Por haber salido de una colegio municipal o por tener padres del mismo sexo. Quiero que Chile sea por fin desarrollado y no en vías de desarrollo, no económicamente, sino, en pensamiento; que dejemos de ser tan superficiales y que pensemos. Apaguemos la tele de una vez por todas, no es necesario leer un libro para saber, solo tenemos que fijarnos más en quien tenemos al lado y preguntarle qué piensa. No nos preocupemos, ocupémonos de los ancianos, de los pobres, de las personas con capacidades diferentes.

Quizás estoy siendo utópica, pero así es como sueño mi país, así es como quiero que sea Chile y no en el próximo siglo, ojalá pudiera pestañear y encontrarme con una nueva realidad, pero bueno, por algo dicen que soñar es gratis.

 Deslenguadas